Tras un tranquilo vuelo de casi tres horas, que hemos decidido que es el límite de nuestra capacidad de aguante en el interior de un avión (sí, ya sé, nunca viajaré al Caribe), aterrizamos en la isla que sí nos recibió con unas gotas de agua, apenas cuatro contadas, y nos dirigimos al autocar que nos dejaría en nuestro hotel.
Una vez nos adueñamos de nuestras habitaciones sali
mos en vuelta de reconocimiento: terrazas, piscinas, jacuzzi, alrededores... había que tenerlo todo controlado.
El sábado a madrugar y a alquilar un coche en el que salimos disparadas hacia una playa camino del sur: Pozo Negro. Había que empezar a entr
ar en contacto con la arena y el Atlántico. Con esa misma idea, después de comer nos dirigimos, esta vez hacia el norte, a las Playas de Corralejo, extensión de arena blanca y aguas azuladas. Justo enfrente se encuentran las Dunas de Corralejo que te hacen sentir la impresión de estar en un desierto. Tras hartarnos de tomar el sol y visitar las Dunas nos acercamos hasta Corralejo a conocer un poco el pueblo y tomarnos algo. Puerto, paseo marítimo, mucha tienda de souvenirs, bares
y, sí, ya lo sabiamos, una sidrería.
El domingo volvimos a subir hacia el norte a visitar Grandes Playas, sitio que nos habían recomendado y he de decir que no nos engañaron. Esta ya es una playa en un plan más turístico, llena de hamacas y con un hotel a cada lado pero con arena blanca y fina y el agua del mar limpia y transparente. Después de comer, el pueblo que, para mi, fué el más bonito de los que visitamos: El Cotillo donde visitamos una playa pequeñita, el faro del Tostón y vimos una puesta de sol absolutamente espectacular.





